"RAFAGA DE AMOR EN AMSTERDAM"
(de Sebastián Monk)
(de Sebastián Monk)
El año pasado coincidimos con mi mujer en Europa, en un viaje que cada uno debió hacer por razones laborales. Ella fue a un congreso de nutrición en Bruselas, y yo a una pequeña gira que incluía Madrid. Pero nuestras agendas nos permitieron encontrarnos en Amsterdam y pasar un día juntos. Como yo conocía la capital de Holanda, llegué con un plan bien definido: el Museo Van Gogh, la Casa de Ana Frank, el Mercado de las Flores, el Rijksmuseum y la Casa de Rembrandt. Una vez cumplido el itinerario, mi mujer se encaprichó con la compra de un par de zuecos típicos del lugar, y con realizar una visita al Barrio Rojo. Ambos sucesos me tuvieron bufando y de mal humor: la prostitución me sume en una tristeza irremontable, y me deprime que mi mujer use zapatos altos. Detesto quedar más petiso que ella. Por supuesto, tuve que escuchar su alegato acerca de que no ver a las chicas de Amsterdam era igual que no subir a la torre Eiffel en París o no tomarse el vaporetto estando en Venecia...
Entonces visitamos el Museo del Sexo, manoseamos saleros fálicos en el sex shop y por 2 euros entramos a una cabina a espiar a una pareja que se frotaba con un desgano más de empleados municipales que de amantes fogosos. Después hubo que ir en busca de las vidrieras con la luz colorada: pararse frente a esos edificios de tres pisos de los que bajan el abuelo con su nietito a comprar el pan, mientras la chica semidesnuda de la puerta rapea guarangadas para hacerse del cliente que pague los 50 euros que estipula el sindicato por 20 minutos de placer.
Hasta ese momento mi mujer estaba fascinada por aquel mundo ajeno y desopilante, y yo, pensando que con tanto estímulo, se olvidaría de los zuecos. Pero de repente mi corazón dio un vuelco. En uno de los escaparates estaba la mujer más hermosa que jamás nadie haya visto sobre esta tierra. Un cuerpo asesino, de modelo. La piel, negra mate. Su pelo, que le llovía sobre el rostro de rasgos orientales con ojos verdes, y una sonrisa de propaganda de pasta dental. Y entonces. la amé. Me vi quedándome en Holanda y formando una familia allí. Me pensé aprendiendo ese idioma de todas consonantes, para decirle en su lengua que yo la sacaría de ese trabajo. En pocos segundos se la presenté a mis padres y me la envidiaron los ex compañeros del secundario, aquellos que me pegaban porque yo era el más petiso del curso. Absorto como estaba, no reparé en la llegada de mi esposa con la bolsa de los zuecos recién comprados. No sólo me sacaba del idilio sino que me recordaba mi estatura escasa. Y fue mi esposa quien me dijo: "La chica esa de la vidriera... te está llamando". Me di vuelta, me encontré con esa mirada de pantera y me dirigí hacia ella.
Si un momento me llevo de este mundo es ése. El que justifica las horas que padecí haciendo escalas en el piano, el que minimiza que no me hayan fichado en las inferiores de Huracán, el que me hace olvidar la raqueta Donnay de madera que me robaron del locker del Club Brown. El que me exime de haber rimado Amor con Sol. Mi vida por esos siete pasos que caminé hacia mi diosa de color para escucharla decir: "A tu mujer... es a ella a quien quiero".
jajaja Pobre... que decepción.... jajaja
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